Un hombre bueno (Relato histórico)

Un hombre bueno (Relato histórico)

asunción-julio-blogEnrique y Asunción se querían. Si de algo estaban seguros en este mundo era de su amor: sincero, profundo e incondicional. Pero en la España de 1895 lo tenían todo en contra. Enrique era el hijo mayor de un rico terrateniente de Saucedilla, una mediana población rural extremeña. Fue educado junto a su hermano Julio, y su hermana Francisca, por un rancio profesor particular, que lo mismo les enseñaba aritmética, que las guerras helénicas o por dónde pasaba el Pisuerga. Su padre, un patriarca severo e inflexible de los de entonces, había determinado que Enrique algún día se haría cargo de sus tierras y ampliaría el patrimonio de la familia gracias a los nuevos conocimientos que iba adquiriendo, pues él había reunido su riqueza sin haber aprendido nunca a leer ni escribir.

Asunción, por otro lado, era la única hija de un pobre zapatero que a veces atendía encargos o arreglos en la casona mayor. A pesar de su modesta procedencia, la joven poseía una elegancia innata que llamaba la atención. Llevaba sus humildes ropas con tal majestuosidad que era fácil entender que el señorito de una rica familia se hubiese fijado en ella, y hasta que se hubiese enamorado, tan profundamente como lo estaba. Además, no era una inculta campesina, pues le gustaba leer y aprovechaba los ratos de asueto, y más las negras tardes de invierno en las que descendía el volumen de trabajo, para devorar cualquier libro o escrito que caía en sus manos.

Enrique no podía esperar más y se armó de valor para enfrentarse a su padre.

―Quiero casarme con ella. Lo tengo decidido. Y necesito su consentimiento para pedir la mano.
―¡Antes muerto! ―Contestó rotundo el padre ― Jamás se celebrará ese casamiento mientras yo viva. Y no hay mucho más que decir.
―Entonces me casaré sin su aprobación, con todo mi pesar, padre.
―Pues desde este momento dejas de ser hijo mío y tendrás que renunciar a cuanto posees ―Concluyó ―.

Y así fue como Enrique y Asunción formalizaron su relación, y como emprendieron una vida desde lo más bajo.

Determinado a encontrar trabajo, porque ya estaban prometidos, Enrique centró su esfuerzo en poder dar a Asunción un hogar decente, un futuro, y para empezar, organizarle una buena boda. Cuando, por aquel entonces el gobierno central de Madrid obligó a llamar a filas a todo el que pudiese empuñar un fusil para mandar soldados a Cuba a hacer la guerra. Sólo los ricos se podían librar del alistamiento pagando al ejército una buena suma de dinero. El padre de Enrique vio en esto la oportunidad de castigarle por su ofensa y se negó a satisfacer la dispensa enviando a su hijo al frente. Acababan de destituir a Martínez Campos y el general Valeriano Weyler formó así un ejército de un cuarto de millar de españoles para que se dejaran la piel en defender la soberanía del estado en aquella perdida isla del Océano Atlántico. Se prometía una rápida contienda y un feliz regreso con riquezas, y hubiera sido estupendo decir que Enrique realizó allí una campaña heroica y que su participación en la batalla fue decisiva para la victoria. Pero la realidad es que España perdió la guerra, y que las mayores bajas fueron causadas por enfermedades y por hambre, aunque tampoco éste fue el caso.Tras varias semanas de travesía, Enrique desembarcó justo en medio del conflicto hispano-cubano para ir a encontrarse de lleno con una bala que le entró por el ojo y le arrancó todo el lado derecho de la cabeza.

En cuanto en la casa grande se recibió la noticia de su muerte, Julio, el hermano menor, que hasta el momento se había visto obligado a mantenerse al margen de la nueva vida de Enrique, indignado, y deshecho en dolor por todo lo que había pasado, se encerró en el salón principal con sus padres y les notificó su decisión firme de casarse con Asunción, y cumplir así la promesa de matrimonio que su hermano le había dado.

El padre, que si alguna vez tuvo un corazón, de eso jamás hubo indicio, le contestó:

―No voy a hacer distinción entre tú y tu hermano. Si desheredé al primero, no esperes que contigo haga una excepción.
―No te preocupes padre ―le dijo ― , renuncio a todos los bienes que poseo y a los que me pudieran corresponder en el futuro.
Julio salió de la casa para no volver jamás y se casó con Asunción, quien hundida en su desconsuelo, lo aceptó por esposo, por el gesto tan noble y honrado y de amor fraternal, que había llevado a cabo.

Hay que decir, para concluir esta historia, que Julio Martín y Asunción Parrón fueron muy felices trabajando de guardeses en la finca del Marqués de Comillas. Que tuvieron tres hijos: María, Evelia y Enrique, que estudiaron y se hicieron personas de bien, porque todo lo aprendieron de un hombre que en su modestia, fue modelo de bondad, integridad, generosidad y entrega, digno de admirar y recordar.

Estrella Álvarez
11/11/2012

(Esta es la historia real de mis bisabuelos por parte de madre. Y aunque yo titulé este escrito “Un hombre bueno”, porque así me pareció en su momento, después me ha contado mi tío Julio (y padrino) que su abuelo Julio Martín ejerció de “hombre bueno” –en la época, figura que era como un defensor del pueblo- en las poblaciones de Saucedilla y Villanueva ).



Add Comment