El hombrecillo que comía hormigas

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El hombrecillo que comía hormigas

Dicen que existió una vez un hombrecillo muy peculiar, que era muy muy flaco porque sólo se alimentaba de hormigas, y que vivía solitario en un monte pelado perdido por el mundo, nadie sabe donde.

Este hombrecillo singular se pasaba las horas del día postrado en la tierra, con sus rodillas como alfileres clavadas en la arena, y sus ojos, como huevos, salidos de las órbitas de tanto forzarlos para localizar y dar caza a esos insectos negros, que tanto le atraían.
Lógicamente, tenía su espalda encorvada y los dedos largos y deformados, con unas uñas también largas y negruzcas de escarbar en la tierra.

No se sabe si este hombre era o no feliz, porque realmente él nunca se había hecho esa pregunta. Él sabía que siempre que miraba a su alrededor tarde o temprano encontraba comida y con eso le bastaba para vivir en paz y tranquilidad.

Un día, mientras el extraño hombrecillo reptaba cabizbajo persiguiendo su alimento diario, se topó con un objeto alargado que nunca antes había visto. Era parduzco, grande, del tamaño de una piedra más bien grande, y con cuerdas de colores que se cruzaban y entrelazaban tras salir de varios agujeros dispuestos en dos filas paralelas. Inmediatamente otro objeto exactamente igual se colocó a su lado. Al darse cuenta de que de ambas cosas salían dos troncos largos que se elevaban, para ver el fin tuvo que realizar un gran esfuerzo por alzar la mirada hacia el cielo, lo que le causó tanto daño en la vista que empezaron a llorarle los ojos.
Deslumbrado y sin haberse repuesto, el hombrecillo sintió que algo tiraba de sus brazos y oyó una voz que le decía:

–“Buen hombre, ¿le ayudo a incorporarse? ¿Qué hace usted aquí tan solo?.

Era la primera vez que el hombrecillo tomaba contacto con otro ser humano, así que aquellas palabras sólo eran un ruido inquietante. Y aquella fue la primera vez también que experimentó la sensación de tener miedo. Hasta entonces nada le había hecho sentir amenazada su vida, pero este ser grande y estirado, cubierto de ropas, tenía fuerza suficiente para haberlo levantado del suelo con sus manos enormes. Y con esos objetos con cuerdas de colores sobre los que se alzaba, había aplastado su comida sin miramiento.
Sin soltarle, el gigante recién llegado, le dejó apoyado sobre una piedra y cogiendo algo de un saco que llevaba colgado a la espalda, le extendió las manos mostrándole varios trozos blancos y dorados de una sustancia que olía muy bien.

―“Pan” ―Dijo la voz, con fuerza, mientras metía en su boca una de las piezas.

―“Pan” ―Repitió torpemente el hombrecillo, imitando el gesto de su anfitrión, más por miedo a aquel horrible ser, que por ganas.

Pero ocurrió que con cada movimiento de mandíbula, y a mediada que el pan se deshacía en su boca percibiendo poco a poco el sabor de las jugosas migas, el temor iba disipándose como por arte de magia. Y la rabia que había sentido momentos antes al oír el crujido de las hormigas bajo los zapatos, se diluía con la saliva que con placer se llevaba tan suculento bocado hacia su interior.

Lo normal hubiera sido pensar que entre ambos acabaron con la hogaza en buena compañía pero lo cierto es que fue tanta la emoción que el hombrecillo desprendió a través de su mirada y sus gestos, que el hombre grande se vio obligado a darle todo lo que de comer llevaba en la mochila, hasta que no quedó nada más. Y viendo el visitante que la conversación era inútil, y que poco más podía hacer por aquel extraño personaje que parecía arreglárselas muy bien a solas, decidió recoger y continuar su viaje, no sin antes recortarle las uñas de las manos con una navaja multiusos, para que estuviera más aseado, y regalarle un par de calcetines, para que no sintiera frío en los pies.

El hombrecillo peculiar y flaco, permaneció un rato inmóvil contemplando como la figura del gigante con ropas desaparecía en la lejanía, y se sorprendió a sí mismo interesado por un horizonte que jamás antes había contemplado, al menos no de esa manera tan intrigante, pues hasta ese momento sólo el mundo a ras de tierra era lo que conocía y lo que le valía. Y comenzó a hacerse preguntas, a tener dudas, a cuestionarse cosas. Y empezó a sentir curiosidad, algo nuevo que jamás antes había experimentado, y que le producía desazón.

Se inclinó de rodillas en la arena en busca de alimento, y se sintió inútil sin sus uñas para rascar en los hormigueros. De pronto aquél gesto no le pareció apropiado, sintió vergüenza, y perdió el apetito por los insectos.

Al caer la noche, en vez de vencerle el sueño plácidamente como ocurría siempre que oscurecía, se notó inquieto, incómodo. Había cubierto sus pies con los calcetines que aquel hombre le había dado pero el temor de que pudiese volver y quitárselos mientras dormía, le impidió conciliar el sueño. A la vez recordaba el sabor del nuevo manjar que había comido y se atormentaba con la idea de no poder probarlo alguna vez más.

Con todos estos cambios el hombrecillo se fue transformando en un ser intranquilo, dubitativo, inseguro, amedrentado y enfermo, que no comía y que no dormía. Y que se fue consumiendo con el tiempo.

El hombre grande y con ropas nunca volvió a pasar por aquella montaña pelada y dicen que un buen día el hombrecillo aún más flaco todavía, casi en los huesos, no pudo soportar la inquietud que germinó en su corazón tras plantarse en él un día la semilla de una miga de pan, y se echó a andar hacia el horizonte en la misma dirección en la que vio perderse al único semejante que había conocido. El que en un breve instante cambió su vida para siempre: Cuando dejó de ser un hombrecillo peculiar que vivía tranquilo en una montaña pelada, para convertirse en otro hombre más.

Estrella Álvarez
15/04/2013

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