El fantasma del colegio

El fantasma del colegio

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Empezaba un curso nuevo en el viejo colegio, y en el patio se saludaban los compañeros después del largo verano. Hablaban entre ellos sobre qué clase les había tocado a unos y a otros, y lo más importante, de si el profe nuevo era de los que te hacía la vida fácil, o por el contrario era un hueso duro de roer.

Entre tantos niños de edades comprendidas entre los 6 y 10 años, al fondo del patio había un grupito discreto de cinco amigos que parecían ajenos al resto. No eran de los que suelen participar en los juegos de grupo como el fútbol o el pilla-pilla, éstos eran de los que durante las horas libres se sientan y hablan. Mateo era el cabecilla, el que solía llevar la voz cantante. Le gustaba cuando sus amigos más íntimos y en su casa le llamaban “Zanahorio“. Era un apodo cariñoso del que se sentía orgulloso por pertenecer a una familia en la que todos los varones eran pelirrojos.

No cabía duda de que algo se fraguaba en esa mente protegida por la gran mata de pelo colorado. A Mateo se le veía gesticular desde lejos mientras los demás del grupo le escuchaban sin abrir la boca y con los ojos como platos.

-“Os digo que quien me lo ha contado asegura que lo ha visto de verdad. –Susurraba Mateo a sus amigos-. Me dijo que una noche se acercó al cole en bici porque había olvidado la mochila en el patio y vio al fantasma del colegio volar sobre el tejado. Me contó que estaba sucio y que lloraba, o que al menos eso le pareció, porque gemía de una forma desgarradora…-

Desde hacía años, la leyenda del fantasma que habitaba entre las paredes del colegio se transmitía de los mayores a los más jóvenes. Por eso cuando alguien oía ruidos extraños por los pasillos o no encontraba el sacapuntas o el boli rojo en el estuche, justo donde tenía que estar, atribuían la causa de su pérdida al fantasma. Así que el fantasma, sin que realmente nadie lo hubiera visto, siempre tenía la culpa de cuanto ocurría de extraño en la escuela.

Pero aunque se hablaba mucho de él, esta era la primera vez que se conocía un testimonio directo de la existencia de este espíritu errante y al parecer, también triste. Las palabras de Mateo habían dejado muy inquietos a los gemelos Oli y Arístides, y también a Emma y Ariadna, la de las lagas trenzas de colores, las estudiantes más brillantes de la clase. Pero además Emma, que estaba siempre pendiente de los más débiles, se sentía conmovida y preocupada por el motivo por el que un alma perdida podría sufrir tanto como para emitir esos aterradores lamentos. Y este pensamiento no la dejó dormir las noches siguientes. Hasta que un día de nuevo en el patio reunió, a sus amigos y les dijo:

-Chicos, si de verdad existe el fantasma de este colegio, debemos encontrarlo y ayudarle. Está claro que el pobrecito lo está pasando muy mal. ¿Qué opináis?

-Sí. Emma tiene razón. –Contestó Mateo- ¡Lo atraparemos!

-¿Atrapar un fantasma?, ¡pero eso es imposible! –Opinó Oli, que solía poner en todo su punto de sensatez y cordura.

-Sí se puede hacer. –Contestó Arístides para sorpresa de todos-. Ya que sabemos que le gusta pasearse por los tejados podríamos tenderle una trampa en la única escalera que conduce a la azotea. Antes de que cierren el colegio llenaremos los escalones con cola de secado rápido y mañana llegaremos los primeros para despegarlo.

Así lo hicieron. Pero no se dieron cuenta de que aunque el bote que habían utilizado tenía una etiqueta en la que ponía “Cola de contacto”, el contenido que habían esparcido era pintura fluorescente que sólo se veía en la oscuridad. Por eso al día siguiente al no encontrar al fantasma adherido al suelo, pensaron que su plan había fracasado. Y se sintieron desanimados.

Decididos a intentarlo de nuevo, esa misma tarde los cinco amigos acordaron entrar en el colegio de noche dispuestos a no irse sin haber encontrado al fantasma y preguntarle por su pena. No les fue difícil colarse por una ventana del comedor que ellos previamente habían dejado abierta atascando la cerradura con varios chicles.

Recorrieron los pasillos y se dirigieron directamente a su clase para planear una nueva estrategia. Pero cuando quisieron dar al interruptor de la luz se dieron cuenta de que el conserje había quitado los plomos de todas las aulas. Entraron, de todas formas, esperando que la poca claridad que les llegaba del pasillo les resultara suficiente.

De pronto, una vez en la clase, en cuanto su vista se acostumbró a la penumbra, fue Ariadna quien descubrió unas diminutas manchas fluorescentes que brillaban como la luna en la noche, y que formaban una fila hasta el último armario, junto a la pared del fondo. Mateo abrió la puerta de un tirón brusco y todos pudieron ver como estas huellas luminosas llegaban justo hasta la parte trasera del guardarropa, donde misteriosamente desaparecían.

-¡Hay que tirar esa madera!. –Dijo Mateo, con una voz de mando tan firme que inmediatamente los cuatro amigos se lanzaron al tiempo contra la ropa que colgaba de las perchas, empujando con todas sus fuerzas. Tal fue la magnitud del impacto que la chapa se partió en cuatro pedazos dejando al descubierto la entrada a un pasadizo, que a primera vista parecía húmedo, frío y muy tétrico. Y en el que lo único que se distinguía con claridad eran las huellas fluorescentes que descendían hacia un profundo foso, perdiéndose en el infinito.

-¡Sin duda hemos encontrado la guarida del fantasma! – Exclamaron al unísono los gemelos Oli y Arístides.

-¡Sí, y sin duda no debemos entrar ahí! ¡Parece muy peligroso!- Apuntó la prudente Emma.

-Lo único que necesitamos es utilizar algo con lo que alumbrar el camino –Dijo Mateo, metiendo su cabellera colorada en el hueco para inspeccionarlo-. Al fin y al cabo es sólo una escalera, y hemos venido a encontrar al fantasma para ayudarle ¿no? Ahora no nos podemos echar atrás. ¿Estáis conmigo?

-En la garita del conserje hay linternas. ¡Voy por ellas!– Se ofreció Oli. Lo que animó a los demás a prepararse para la gran aventura: Arístides se anudó a la cintura dos jerseys con el escudo del colegio que encontró en el armario, para protegerse el culo de una posible caída, Ariadna enrolló en un moño muy gracioso sus largas trenzas de colores, y Emma empapó de besos la medalla que llevaba al cuello, implorando con este gesto la ayuda divina.

Llevarían unos 5 minutos bajando escaleras cuando Mateo tocó con su bota suelo firme. Entonces Oli enfocó con la linterna hacia el frente y descubrieron que de la pared salían 20 corredores todos iguales, pero que las huellas conducían sólo hacia el primero empezando por la izquierda. Así que decidieron continuar por allí.

De pronto, un lamento espeluznante y desgarrador que se propagaba por todas las galerías dejó al grupo parado de miedo, con el corazón de los cinco palpitando a un ritmo frenético. Y hubieran empezado a correr disparados escaleras hacia arriba si no fuera porque el terrible aullido fue bajando intensidad poco a poco hasta convertirse en unos hipos y sollozos que más que miedo daban mucha, pero que mucha pena.

Casi de puntillas se condujeron cuidadosamente hacia el lugar de donde provenían los lloros y por fin lo vieron.

En una estancia fría y sin acondicionar, como una enorme madriguera se encontraba tendido sobre una cama muy antigua de madera con dosel hecho de telarañas, un espectro con forma de niño viejo que inspiraba más ternura que espanto. De sus ojos enrojecidos y arrugados brotaban lágrimas espesas que empapaban un objeto cuadrado que sujetaba con sus huesudas manos. No se había dado cuenta de que le observaban estupefactos 5 pares de ojos humanos, hasta que Emma habló.

-Hola –dijo-. Queremos ayudarte.

-El fantasma cesó de pronto su lamento y tras la primera impresión, ladeó la cabeza examinando al inesperado grupo de visitantes uno a uno y en cuanto vio la pelambrera colorada de Mateo arrancó una tímida sonrisa.

-Somos amigos-. Intentó explicarse Arístides.

Pero el fantasma, que parecía recobrar el ánimo de repente, levantó su dedo índice de la mano derecha y apuntó a Mateo, mientras dijo con voz hueca de ultratumba y con las sílabas muy separadas: -ZA NA HO RIO.

Aunque era algo que Mateo estaba acostumbrado a escuchar de sus amigos esta era la primera vez que oírlo le provoco una tremenda carcajada nerviosa.

-¡Te ha conocido, Mateo!– Exclamó Oli, divertido, mientras los demás también reían, aliviándose del susto que habían pasado minutos antes.

-¡No!- De pronto gritó Emma alarmada pidiendo que recobraran la seriedad -¡mirad lo que tiene en la mano!

Al parar de llorar, el fantasma relajó los brazos y había dejado caer sobre la cama un marco de madera carcomida con el retrato de un niño sonriente, con cara de pillo y pelirrojo, que cualquiera que lo hubiera visto podría jurar por lo más sagrado que se trataba del mismísimo Mateo, aunque eso sí, vestido con la ropa de los muñecos de porcelana de nuestras abuelas.

-¡Zanahorio! ¿Cómo me has encontrado si no he podido tocar el reclamo?– Interrogó el fantasma asombrado.

-¿Qué reclamo? Yo no te conozco.– Respondió Mateo, algo intrigado.

-¡El reclamo de fantasmas, Zanahorio! Soy Pipo, tu amigo ¿No te acuerdas? Nos lo dieron en la escuela de espectros. Es nuestro seguro para movernos en la oscuridad y llamarnos los unos a los otros y sin él quedamos perdidos y desamparados en el mundo de los vivos. Sólo podría verte si lo hubiera hecho sonar, pero es imposible, lo perdí hace años y desde entonces vivo aquí solo. Una noche te ví desde el tejado. Estabas en la puerta del colegio, te llamé, y lloré mucho cuando no me hiciste caso y te fuiste muy deprisa en tu bicicleta. ¡Pero has vuelto, Zanahorio!

-¡Creo que ya sé lo que está pasando!– Adivinó Arístides. -Fue tu padre la persona que te contó la historia del fantasma del colegio, ¿verdad? Porque fue a él mismo a quien le ocurrió de niño. Tu padre y tú sois como dos gotas de agua. Está claro que Pipo se confundió entonces, como le está ocurriendo ahora contigo. Y sospecho que el Zanahorio que busca debe de ser un antepasado vuestro, ya que en tu familia heredáis un parecido increíble desde generaciones.

-Y el pobre Pipo se encuentra aislado en el mundo de los vivos–, añadió Emma -porque ha perdido el reclamo de fantasmas y no puede llamar a su amigo Zanahorio, “el Primero”, -recalcó como si se tratara de un título nobiliario-. -Tenemos que recuperar ese llamador.

-¿Y cómo piensas encontrarlo Emma?– Preguntó Mateo.

-Bueno, aquí hay muchos túneles y galerías así que lo que hay que hacer es buscar en todas.

-Se me ocurre–, añadió Ariadna -que podría desatar mis trenzas e ir dejando un lazo de color en la entrada de las cuevas que vayamos revisando, así cuando terminemos de buscar tendremos la certeza de haberlas visto todas bien.

Un trabajo en equipo bien planificado siempre obtiene su recompensa y fue así como al cabo de unas horas Arístides lanzó un grito victoria -¡Eureka! ¡Eureka!-, dijo. Palabra que en la misma lengua griega de la que proviene su nombre, significa: “Lo he encontrado”. Y salió de uno de los túneles con un extraño objeto cilíndrico de color rojo rodeado de huesos, que enseguida entregó al fantasma.

Pipo, aturdido por todo lo que estaba pasando, apretó la base del llamador de fantasmas con firmeza y se lo acercó a los labios que le tiritaban de la emoción de pensar que por fin dejaría de estar solo y se reencontraría, esta vez de verdad, con su amigo Zanahorio. Y con la fuerza que le inspiraban estos pensamientos sopló el reclamo como ningún fantasma antes lo había hecho, y toda la cueva retumbó.

Al instante se abrió un agujero de luz flotando en el aire y lo primero que salió de su interior fue una hermosa mata de pelo rojo como el fuego de un espectro de niño viejo y arrugado con la misma cara de Mateo, que se lanzó sobre Pipo, fundiéndose ambos en un abrazo tan apasionado que parecían un solo cuerpo luminoso y deforme.

Pero aquí no acaba la historia porque Pipo y Zanahorio I habían cogido tanto cariño a nuestros 5 amigos que les pidieron formar parte de la pandilla y poder jugar con ellos en el patio, así que a Arístides se le ocurrió regalarles los jerseys del colegio que se había atado a la cintura para que pudieran pasearse por las clases y el recreo sin llamar mucho la atención.

Así que ya sabéis si alguna vez os falta el boli rojo, o el sacapuntas, o veis a un niño en el patio que os parezca extraño, o si de pronto oís un sonido agudo, hueco y prolongado que parece salir del armario, como éste…(Buuuuu) ¡No os asustéis!

Estrella Álvarez

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